Fumaba, fumaba y fumaba. Ante ese cenicero abarrotado de colillas podía ver las agujas del reloj paseándose descaradamente, como si estuviesen burlándose de él.
Fumaba nervioso, con la mirada de un suicida en la barandilla del precipicio. Pensando mientras era atormentado por todas esas voces y silencios que martilleaban cada rincón de su cerebro, aporreando los huesos de su cráneo uno a uno: EL parietal, el temporal, el frontal…
Esos martilleos constantes y pesados recorrían su cuerpo en forma de escalofrío cada vez que pensaba en el deseo de sumergirse en el colchón y caer en un profundo y reparador sueño de un par de horas… ¡Una hora! Solo pedía una hora de sueño. Pero la impotencia de no poder dormir, la ira, la rabia, el odio hacia sí mismo le cerraban las puertas del reino de Morfeo, condenando al insomne a permanecer en el cruel mundo de la realidad.
No tardó en adaptarse, y soñaba despierto, confundiendo realidad y sueño. Podía ver extrañas figuras, y las voces que escuchaba en su cabeza, se trasladaban al fregadero, a las estanterías… Podía escuchar esas voces irritantes y enervantes desde todos los rincones de la casa.
Suplicaba silencio, golpeaba con sus nudillos sangrantes y heridos contra la pared, gritando como un preso inocente en su celda de castigo. Llegó un punto en que no aguantó más y empezó a destruir su cuarto. Tiraba los muebles por la ventana, gritaba destrozando trozos de pared, reventaba los espejos contra el suelo. Los vecinos le llamaban al orden al otro lado de la puerta, pero él sólo quería destruirlo todo, eliminar esas voces…
Pasaron las horas y la casa parecía haber sobrevivido un huracán o un terremoto, El insomne cayó abatido y agotado al suelo. Se sumergió en el ansiado sueño, en el sueño del que jamás se puede despertar. Su corazón se paró, y su alma, liberada pudo soñar.

