Somos el ejercito invisible que un día iluminará la tierra. Un ejercito de locos, desviados, viciosos y poetas. Desordenados y amantes de de nuestra basura y del planeta.
Nos alzamos en armas y despertamos a los vecinos. Unos nos llaman vándalos; otros, terroristas… hay quien nos considera héroes, pero no somos mas que un simple ejército de desheredados y malditos. Salimos a las calles y arrestamos a la cordura. Reímos como niños, lloramos como viejos exiliados al mundo de los solitarios. Con el sigilo del felino levantamos nuestras plumas, los cinceles, los carbones y nuestros puños; y con el sentido revolucionario del guerrillero cambiamos de nombre a las calles, las cabinas, las reglas… Llegó el día que los visionarios de París vaticinaron: bajo los duros adoquines de las calles descubrimos la playa que un día, tiempo atrás, un tirano cubrió para matar a la primavera.
Los muertos vivientes de El Cairo van a salir de su cementerio en el que han permanecido recluidos, secuestrados.
Los niños levantan sus manos pintadas de témpera en lucha, los miserables toman los palacios, congresos, ministerios y fondos monetarios.
Somos el ejército invisible, armado de palabras, con los fusiles cargados de claveles, capitaneados por mandos que ríen, lloran y sienten. Somos el ejercito invisible que abre las grandes alamedas, dejando pasar a los hombres y mujeres que gritan libertad, manteniendo vivo el sueño de Allende.
Somos un ejército que rechaza el orden establecido, un grupo de personas que no conocen los países, las fronteras, los ríos, los montes… los idiomas. Personajes apátridas conscientes de que mañana saldrá un sol brillante que iluminará nuestros rostros, que bañará los valles de sol, que irradiará su calor en las vaguadas. Somos el ejercito de los locos, de los incomprendidos que ven a la noche como un momento íntimo, que ven al amor con el arma que neutraliza a las balas; que ven a la filosofía y a la pasión como elementos sacros, como su religión.
Somos el ejercito de los desterrados, el ejercito del preso, el ejercito del hambriento. El núcleo duro que un día, mucho más temprano que tarde, cambiará los destinos, encerrará a los dioses, abrazara a los hermanos que en su locura fueron encerrados en la tiniebla. Un ejercito de infelices que aman, besan, respetan, cuidan, añoran y quieren…
Y en la mañana, con el lucero del alba, el ejercito invisible desciende por el valle dispuesto a tomar Esparta. Los niños malnacidos, deformes, y abortados se levantan y escalan la roca Tarpeya dispuestos a vengar a sus madres. Llegó la hora de los malditos, el turno de los infortunados. La Plaza de la Paz es nuestro fortín, nuestra base, nuestro polvorín.
Ellos son mas fuertes, tienen armas de destrucción masiva, virus y bacterias, aviones caza, tácticas bélicas, dinero, petróleo, poder… Pero nosotros tenemos el fuego y la palabra, la poesía, la filosofía, la pintura, la literatura… las mentes de esos charlatanes a los que nadie hacia caso; tenemos la razón, el amor… El ejercito invisible no se amilana, el ejercito invisible no pelea, el ejercito invisible no necesita campos de batalla. Nuestros cuarteles son los bares; nuestras saetas, nuestras plumas, nuestro frente y nuestras trincheras son las calles. Nuestro rastro de destrucción no existe. Nosotros no destruimos, construimos.
Para ser soldado de este ejercito invisible no hay que pasar duras instrucciones militares. No hay que entrenar, no hay que muscular brazos y piernas. Para ser soldado de nuestro ejercito no se puede odiar, no se puede matar, no hace falta soportar duras pruebas. Solamente hay que pensar, amar, sentir y anhelar.
El soladado del ejercito invisible es capaz de llorar, de besar y ve que en la debilidad está la fortaleza.
El ejercito invisible ve a l enemigo como a un hermano al que han cercenado las alas. Ve al poderoso como alguien al que hay que despertar, están ebrios de poder, han sucumbido a la adormidera.
Al alba y con viento de levante, el ejercito invisible extiende las velas, suelta amarras y sale del puerto. Navega duro entre las aguas plateadas hasta avistar la isla de los locos que un día imaginó Tomás Moro. El ejercito invisible toma Utopía y la transforma en realidad.
Extiende su imperio por el planeta y transforma el asfalto en parque, los desiertos en cultivos, las lágrimas en risas.
Allí donde todo era destrucción, nuestros hijos conquistan y juegan agradeciendo nuestra lucha y jurándonos continuar nuestra batalla.
El ejercito invisible existe. Está latente esperando al mañana. El ejercito invisible no muere, no pierde… porque cuanto más tratan de diezmarlo, más fuerte se hace.