Octubre 2008


De repronto me he despertado a las cuatro de la mañana y me ha venido un ataque de inspiración. Sí, sí; ¡de inspiración! La verdad es que eso maravilla, es una especie de impulso, de foco que te ciega y te deja con los ojos malheridos por un momento sumiéndote en el desconcierto. Más bien no es inspiración como concepto romántico que todos tenemos, sino una pléyade de ideas que bombardean la mente y las retinas. Una cantidad inmensa de imágenes, sonidos, efectos, que invitan a actuar.

¿Sabéis? La verdad es que hace tiempo que no me sentía así. Mucho tiempo. Y es extraño (en absoluto me refiero a estos ataques de inspiración, que también) cómo me siento. Una persona de fé diría que es una agitación que siente el alma, y una de ciencia que es un conjunto de hormonas que ha segregado mi cerebro afectando al hipotálamo. Personalmente creo que esas hormonas han puesto a mi alma alterada, y eso es bueno, porque hay que reconocer que llevaba tiempo un tanto adormilada.

He visto a los cientos de personajes que se me ocurren metidos en mi habitación, rodeando mi cama. Al atormentado Jacob, comiendo y mascando el odio que alberga en su interior, despreciando todo lo que le rodea; a Aly, llorando en un rincón, junto a mi armario, sentada, con el rimmel corrido de llorar, esbozando una leve sonrisa, y agarrando por el cuello una botella de Stolisnaya…

Y así podría pasarme la noche entera, describiendo a todos los que se encuentran mirándome alrededor de mi cama, observándome, fijando su mirada en mi sin inmutarse. Ni siquiera Lily, la estadounidense que lleva ni se sabe cuánto en España y que odia tremendamente el humo de los cigarrillos.

Quizá penséis que soy esquizofrénico, pero tranquilos: No me hablan. En el momento en que empiecen a mantener conversaciones conmigo, os avisaré para que me recomendéis un buen psiquiatra. Es lo bello de escribir: Siempre hay un buen momento para imaginar a personas, que tienen sus vidas y que interactúan entre sí. Quizá esas personas existan de verdad en algún lugar del planeta, alguna de esas incluso puede que vivan cerca de mi o les haya conocido alguna vez. Uno desarrolla la imaginación.

La verdad es que la imaginación es de esas pocas cosas que quedan en el mundo que está infravalorada. A medida que nos hacemos mayores, vamos siendo conscientes del mundo real, y nos hacemos incapaces de crear en nuestras mentes mundos paralelos y de fantasía. Así nos encontramos, cuando leemos un libro o vemos una película, con frases como “¿Has leído El Señor de los Anillos? ¡Qué derroche de imaginación!” “¡La última película de Almodóvar, es fruto de una imaginación desbordada!”. Nos sentimos incapaces de crear algo ficticio, y nos maravillamos cuando alguien lo consigue. Sin embargo, los que tienen contacto con los niños sabrán que son ellos los que más desarrollado tienen el sentido de crear. Les vemos haciendo de un jardín una casa, de una escalinata un barco pirata o de un palo una espada. Vamos perdiendo ese sentido y es una pena.

Quizá sea porque vamos sustituyendo la imaginación por la memoria, o porque simplemente nos hemos desencantado por la vida.

Por eso, estos momentos de bombardeo de ideas me hacen sentir vivo. Porque me hacen ser consciente de que ese sentido imaginativo, por pequeño que sea lo conservo, y porque la  memoria no está ganando del todo la batalla. Es más, podría decirse que memoria y creatividad están firmando un tratado de paz.

Supongo que ahora es el momento de, como dice el dicho, darle alas a la imaginación… Pero no para que se escape, sino para que crezca y se desarrolle.

Que el pescado no me hace mucha gracia no es un secreto. Todos los que me conocen lo saben. Ayer comí pescado: Unas barritas del capitán pescanova que, lejos de convertirme en un auténtico grumete, me provocaron unos retortijones con los que he pasado una noche de pena. Debe ser que me marea el oleaje (y eso me jode, porque entre que me dan miedo los aviones y esto… No podré ir jamás a Punta Cana).

El caso, es que hablando de pescados, al abrir mi correo me he encontrado con un mail de Caja Madrid en el que me informaban (amablemente) de una incidencia en mi cuenta corriente. Yo soy de Caja Duero, debe ser que esto de la fusión de cajas se lo han tomado demasiado en serio. El caso es que me detuve a leer bien esa información:

Lo que me mandaron

Lo que me mandaron

Quizá fueron las faltas de ortografía, los errores que ponen, el mensaje en Inglés, o el que no soy cliente de esa entidad. El caso es que entre el pescado que me produce cagalera, y el intento de pescarme tan cutre casi que no se qué hacer, si reirme o echarme a llorar. Dónde están esos estafadores de antes, perfeccionistas, meticulosos… No, ahora simplemente insertan cuatro imagenes escaneadas, un poco de html cutre y pista… Angelitos.

Sé que no es el sentimiento más dulce sobre el que escribir, pero desde luego es el sentimiento más humano: El odio.

No estoy hablando del odio expresado como la ira, estoy hablando del odio, la rabia contenida, la cantidad de cosas que vemos a nuestro alrededor que nos destruyen y nos atormentan. El odio entendido como ese sentimiento que no puede dejarnos pensar, ese sentimiento racional que nos hace irracionales; hasta tal punto que nos permite llevar a cabo las acciones más inhumanas.

La verdad es que el odio es atractivo. Viene a  ser un espectro oscuro y negativo que nos atrae, como el fuego. Quizá por el tabú que sobre él pesa, o por la cantidad de historias que vemos todos los días en los periódicos, es el sentimiento más despreciado.

Hay quien dice que del amor al odio sólo hay un paso. No creo que sea así. Entre el amor y el odio está la gran muralla china, con centinelas apostados cada pocos metros a ambos lados. Hay una frontera pétrea y resistente. El único problema es que si uno quiere puede salvarla sin problemas. El odio, al igual que el amor, requiere voluntad.

El odio se incrementa con un odio recíproco y, en cambio, puede ser destruido por el amor, de suerte que el odio se transforme en amor.”

Esto lo decía Baruch de Spinoza. No estoy muy de acuerdo con el. El amor también se puede transformar en odio. Creo que todo aquel que haya estado enamorado, lo sabe. Sin embargo, (y por eso digo que no estoy del todo de acuerdo con el) el odio se disipa, y a largo plazo desaparece transformandose en indiferencia. No hay mayor desprecio que no hacer aprecio. ¿Será la mayor forma de odio?

Dalí representaba así al odio, como un ente que crece en nuestro interior de manera exponencial, tendiendo a infinito, atormentando la existencia del ser humano. Quizá sea eso el odio. Un simple tormento.

A veces creo que soy despreciable. Creo que soy el único personaje del mundo que tiene un blog, no lo mantiene, y cuando se propone seguir a ello deja un post diciendo “vuelvo”. Cuando Josu me echaba la bronca el otro día, desde luego lo hacía con razón. Al pobre le traigo por la calle de la amargura.

El caso es que me animo a ello, que se lo debo a los pocos seguidores que tengo, como son quien se cae de la acera, la revoloteadora, y una vieja conocida con la que me he reencontrado que responde al nombre de Mari Trini Giner.

Y a Mari Trini le debo una disculpa, entre otras cosas porque me enlazó desde su blog, y sus lectores fliparían al ver el castillo abandonado del vagabundo.

Una de las cosas que se supone que tiene que pensar alguien que escribe, es… ¿Para quién? Desde luego no soy yo ahora un filósofo. Larra ya se lo preguntó hace tiempo. Pero… ¿Para quién escribo? Suena muy bonito decir eso de “para todo el mundo”… Sí. me gusta tanto que me gustaría responder esa frase hasta cuando me pidan la hora. Quizá lo que siento, lo que pienso, o lo que me gustaría decirle al mundo, no le importe a nadie una mierda. O no. La verdad es que tendemos a subestimarnos, a pensar que nadie quiere saber lo que creemos, sentimos o queremos; pero eso no es así. Por eso, más que para todo el mundo, preferiría escribir para quienes yo les importe algo, para quienes crean que tengo “algo”.

Seguramente, desde mi ventana, piense lo mismo de tí. Puede que piense que tienes “algo” por lo que merece la pena ponerse a escribir. Y quizá por ello, debería apostar por tí, debería atenderte, debería darte esa dosis de letras que necesitas.

Claro, que por otro lado, no puedo decir que me encuentre en mi cénit creativo (no contaríais con eso, espero). Sin embargo, aunque sean palabras que automática e inconscientemente salten del teclado a la pantalla, con el trampolín de mis dedos; podríamos decir que tienen sentimiento, porque no salen de la mente o del cerebro, sino del alma.

Josu, ¿Ves como ser impulsivo a veces tiene sus ventajas?

El caso es que lo dicho. Intentaré por ti hacer que estas palabras lleguen a ti, lector. Que tienes ese “no sé qué”