Sé que no es el sentimiento más dulce sobre el que escribir, pero desde luego es el sentimiento más humano: El odio.

No estoy hablando del odio expresado como la ira, estoy hablando del odio, la rabia contenida, la cantidad de cosas que vemos a nuestro alrededor que nos destruyen y nos atormentan. El odio entendido como ese sentimiento que no puede dejarnos pensar, ese sentimiento racional que nos hace irracionales; hasta tal punto que nos permite llevar a cabo las acciones más inhumanas.

La verdad es que el odio es atractivo. Viene a  ser un espectro oscuro y negativo que nos atrae, como el fuego. Quizá por el tabú que sobre él pesa, o por la cantidad de historias que vemos todos los días en los periódicos, es el sentimiento más despreciado.

Hay quien dice que del amor al odio sólo hay un paso. No creo que sea así. Entre el amor y el odio está la gran muralla china, con centinelas apostados cada pocos metros a ambos lados. Hay una frontera pétrea y resistente. El único problema es que si uno quiere puede salvarla sin problemas. El odio, al igual que el amor, requiere voluntad.

El odio se incrementa con un odio recíproco y, en cambio, puede ser destruido por el amor, de suerte que el odio se transforme en amor.”

Esto lo decía Baruch de Spinoza. No estoy muy de acuerdo con el. El amor también se puede transformar en odio. Creo que todo aquel que haya estado enamorado, lo sabe. Sin embargo, (y por eso digo que no estoy del todo de acuerdo con el) el odio se disipa, y a largo plazo desaparece transformandose en indiferencia. No hay mayor desprecio que no hacer aprecio. ¿Será la mayor forma de odio?

Dalí representaba así al odio, como un ente que crece en nuestro interior de manera exponencial, tendiendo a infinito, atormentando la existencia del ser humano. Quizá sea eso el odio. Un simple tormento.